Vogue Leaders México 2026: conversaciones, encuentros y el significado de una experiencia
Hay experiencias que comienzan mucho antes de llegar al lugar donde suceden. Algunas incluso empiezan con un mensaje que, entre tantas invitaciones recibidas a lo largo de los años, logra detenerte un momento y hacerte mirar hacia atrás.
Así comenzó para mí Vogue Leaders México 2026, presentado por Porsche.
Después de seis años acompañando distintas ediciones de estos encuentros, recibí por primera vez una invitación personalizada en la que Vogue reconocía expresamente mi trayectoria, visión y liderazgo. No era solamente una invitación para asistir a un evento. Para mí representaba el reconocimiento a un camino profesional construido con constancia, decisiones, aprendizajes y una convicción que se ha fortalecido con los años: las experiencias tienen la capacidad de conectar personas, transformar perspectivas y construir relaciones que permanecen.
Recibirla fue profundamente satisfactorio. Porque, aunque muchas veces avanzamos concentradas en lo que sigue, también es importante detenernos a reconocer lo que hemos construido.
Y esta experiencia, sin saberlo entonces, terminaría llevándome precisamente a reflexionar sobre los ciclos, el liderazgo y las distintas maneras de entender el lujo contemporáneo.
La experiencia comienza antes del evento
Para esta visita a Ciudad de México decidí hospedarme en La Casona, un hotel que no conocía y que terminó convirtiéndose en uno de los descubrimientos más significativos del viaje.
Durante años, al elegir dónde hospedarme, he recurrido con frecuencia a grandes cadenas internacionales. Valoro sus estándares, su consistencia y la seguridad que ofrece conocer previamente una marca. Sin embargo, esta ocasión me recordó algo esencial: el verdadero lujo no siempre necesita un nombre internacional que lo respalde.
La Casona me recibió con una atmósfera íntima, casi doméstica, pero profundamente sofisticada. Desde el primer momento tuve la sensación de entrar en una galería de arte donde, a diferencia de los espacios tradicionales de exhibición, todo parecía invitarte a permanecer. Podías sentarte, conversar, disfrutar una copa de vino y observar las piezas que convivían naturalmente con la arquitectura.
El arte mexicano aparecía en cada rincón, no como un elemento decorativo añadido, sino como parte de una narrativa cuidadosamente construida. Tuvimos la oportunidad de recorrer el hotel acompañados por una persona del equipo que nos explicó la historia del inmueble, las decisiones de diseño y la importancia de preservar su identidad arquitectónica.
Me llamó especialmente la atención la inteligencia con la que fueron aprovechados los espacios. En una ciudad donde cada metro cuadrado tiene un valor extraordinario, descubrir un pequeño huerto interior, integrado de manera tan natural, me pareció un gesto maravilloso.
La habitación, aunque de dimensiones reducidas, tenía todo lo necesario para disfrutar una estancia cómoda. Cada elemento parecía responder a una intención. Y después estaba la gastronomía. Su propuesta culinaria, particularmente la experiencia de disfrutar unos tacos mexicanos presentados con enorme cuidado, confirmó algo que siempre he defendido: nuestra cultura tiene todos los elementos para construir experiencias de lujo auténticas, sin necesidad de imitar modelos extranjeros.
Pero lo que más disfruté fue la privacidad. Esa sensación de libertad que pocas veces encontramos en espacios de hospitalidad: poder elegir dónde permanecer, disfrutar el silencio y sentir que el servicio está presente sin invadir.
Hay una enorme diferencia entre sentirse constantemente atendido y sentirse genuinamente cuidado. Para mí, esa diferencia define una parte fundamental del lujo contemporáneo.
Vogue Leaders: conversaciones que trascienden la moda
La mañana del evento llegué con la expectativa que inevitablemente construimos al acompañar una experiencia durante varios años. Encontré una atmósfera distinta a la de ediciones anteriores. Los espacios cambian, los formatos evolucionan y también nuestra manera de vivirlos.
Sin embargo, lo que verdaderamente me llevó hasta ahí permanecía intacto: la oportunidad de escuchar conversaciones relevantes, descubrir nuevas perspectivas y encontrar inspiración en personas que continúan construyendo su propio camino.
La primera conversación estuvo a cargo de Aislinn Derbez, entrevistada por Karla Martínez de Salas, bajo el tema «Cómo crear tu propia marca, distinguirte del resto y ser un agente de cambio».
Decidí acercarme a las primeras filas y encontré un lugar desde donde podía escuchar con atención. Fue entonces cuando ocurrió uno de esos pequeños momentos que nos recuerdan cómo, con el paso de los años, ciertos espacios también se convierten en lugares de encuentro y familiaridad.
Desde el escenario, Karla Martínez de Salas me saludó discretamente. Fue un gesto breve y espontáneo, pero me hizo pensar en los vínculos que se construyen al coincidir, una y otra vez, en espacios donde compartimos intereses, conversaciones y distintas etapas de nuestra vida profesional. Hoy recuerdo aquel instante con una nostalgia particular, especialmente por lo que estos encuentros han significado a lo largo del tiempo. Sin embargo, antes de detenerme en esa reflexión, hubo una conversación que me dejó pensando profundamente.
El valor de saber elegir
De la participación de Aislinn Derbez hubo una idea que permaneció conmigo: la importancia de sostener aquello en lo que creemos, incluso cuando los resultados no llegan en el momento que esperamos.
Habló sobre la perseverancia, sobre los proyectos que elegimos y sobre la necesidad de no aceptar todas las oportunidades simplemente porque están disponibles. Me identifiqué profundamente con esa reflexión.
Con los años he aprendido que una de las decisiones más importantes para cualquier profesional es saber distinguir entre una oportunidad y una verdadera posibilidad de crecimiento. No todo proyecto que llega merece nuestra disponibilidad.
A veces, aceptar constantemente lo inmediato termina alejándonos de aquello que realmente queremos construir. Y cuando finalmente aparece la oportunidad que corresponde con nuestra visión, podemos descubrir que ya no tenemos el tiempo, la energía o el espacio para recibirla.
Por eso creo que la claridad también es una forma de liderazgo. Saber qué queremos, hacia dónde vamos y qué estamos dispuestas a dejar pasar requiere tanta convicción como la necesaria para emprender un nuevo proyecto.
La conversación también tuvo un componente estético que disfruté especialmente. Aislinn lucía un diseño de Raquel Orozco que reconocí de una presentación de la diseñadora a la que había asistido meses atrás. Era, precisamente, una de las piezas que más habían llamado mi atención.
Me encantó encontrar esa conexión entre la moda mexicana, la identidad personal y una mujer que utiliza su imagen como parte de su expresión. Porque la moda, cuando tiene una narrativa auténtica, también comunica quiénes somos.
Aquella conexión adquirió una nueva dimensión al recibir también una invitación para asistir a la presentación de «FOLIA: The Art of Unleaving (SS27)», la nueva colección de Raquel Orozco, dentro de Volvo Fashion Week México 2026. Su desfile, previsto para el 13 de octubre, abre la jornada de presentaciones de ese día. Me resulta especialmente significativo encontrar otra ocasión para acercarme a una creadora cuyo trabajo ya había llamado mi atención y que, en esta conversación sobre liderazgo, volvió a hacerse presente de una manera tan natural.
Me gusta pensar que así funcionan también los encuentros verdaderamente relevantes: una conversación nos conduce a otra, una imagen nos devuelve a una experiencia anterior y una invitación abre la posibilidad de seguir mirando. La moda, cuando comunica identidad, no se agota en una prenda ni en una pasarela. Permanece en las relaciones que somos capaces de establecer con ella.
Latinoamérica y la riqueza de nuestros propios códigos culturales
Al terminar la primera conversación me levanté con la intención de recorrer el evento. Sin embargo, decidí regresar al auditorio cuando comenzó un encuentro que despertó inmediatamente mi curiosidad.
La conversación llevaba por título «Latinoamérica: el destino que crea sus propios códigos culturales» y reunió a la diseñadora mexicana Carla Fernández, Sofía Minvielle, directora internacional de Fora Travel, y Karla Martínez de Salas.
Carla Fernández me fascinó desde el primer momento. Su presencia, su manera de vestir, su personalidad y la claridad con la que hablaba de su trabajo me parecieron extraordinarias. Vestida de negro, con una imagen austera y una identidad muy definida, transmitía algo que considero cada vez más valioso: autenticidad.
Pero fue su visión del diseño mexicano y su relación con los artesanos lo que verdaderamente capturó mi atención. Escuchar a una creadora hablar de la identidad cultural como parte esencial de su trabajo me recordó por qué el diseño debe comprenderse mucho más allá de la estética.
Detrás de una pieza pueden existir comunidades, técnicas, tradiciones y conocimientos que merecen ser reconocidos y preservados. Y ahí encuentro una de las conversaciones más importantes del lujo actual.
Durante mucho tiempo, el lujo estuvo asociado principalmente con la exclusividad, el prestigio y la pertenencia. Hoy considero indispensable ampliar esa definición.
El lujo también puede encontrarse en el origen de los materiales, en el conocimiento transmitido entre generaciones, en la historia de quienes crean y en la posibilidad de mantener vivas nuestras expresiones culturales.
La conversación también abordó los viajes y la curiosidad por otros territorios, particularmente Asia. Me resultó interesante reconocer cómo los destinos se convierten en espacios de intercambio cultural y en fuentes de inspiración para nuevas maneras de crear.
Viajar, cuando se hace con curiosidad y sensibilidad, nos permite descubrir otras formas de entender el mundo y, al mismo tiempo, regresar con una mirada diferente hacia nuestra propia identidad.
Cuando las marcas consiguen formar parte de la memoria
Después de escuchar parte de una conversación dedicada a las conexiones entre cultura, gastronomía y diseño, decidí recorrer las activaciones de las marcas participantes.
Siempre observo estos espacios con especial interés. No solamente por las marcas que participan, sino por la manera en que deciden relacionarse con sus invitados.
Una activación puede ser visualmente espectacular y, sin embargo, pasar inadvertida en nuestra memoria. O puede ser extraordinariamente sencilla y conseguir que nos llevemos algo mucho más valioso que una fotografía.
Eso fue precisamente lo que me ocurrió con Fora Travel. Entre las activaciones encontré un exhibidor de postales de distintos destinos. Me recordó aquellas tarjetas que solíamos elegir durante los viajes para conservar una imagen de los lugares que habíamos descubierto.
Comencé a seleccionar algunas y terminé eligiendo tres que, juntas, construían una pequeña composición visual. Mientras lo hacía, otras asistentes se acercaron para preguntar si también podían tomarlas. Me pareció un detalle encantador.
Una propuesta sencilla había conseguido despertar curiosidad, generar interacción y conectar una marca de viajes con un recuerdo tangible. Esos son los gestos que me interesan particularmente cuando pienso en el diseño de experiencias.
No siempre necesitamos producir algo monumental para generar una conexión emocional. En ocasiones basta con comprender qué puede despertar un recuerdo, una conversación o el deseo de conservar un objeto.
También disfruté la experiencia de Porsche, particularmente el momento de realizar fotografías y videos con una fotógrafa a quien había conocido en encuentros anteriores. Fue un espacio espontáneo, divertido y cercano.
Y confirmé una vez más que las mejores experiencias de marca son aquellas en las que el invitado deja de sentirse espectador y comienza a formar parte de la historia.
Karla Martínez de Salas: cuando los ciclos también forman parte del liderazgo
Hay encuentros que adquieren un significado diferente con el paso del tiempo.
Mientras recorría el evento, volví a pensar en aquel saludo que Karla Martínez de Salas me había dedicado desde el escenario. No tenemos una relación personal cercana, pero después de años coincidiendo en estos espacios, existe ese reconocimiento que se construye a través de una trayectoria compartida como participantes de una misma conversación profesional. Y eso también tiene valor.
Pienso en los años que Karla dedicó a Vogue México y Latinoamérica, en su contribución a la conversación sobre moda, cultura y liderazgo femenino, y en su capacidad para reunir voces de distintas disciplinas alrededor de una plataforma editorial de enorme influencia.
Acompañar estos encuentros desde sus primeras ediciones me permitió observar cómo las conversaciones fueron ampliándose hacia temas que hoy considero fundamentales: identidad, emprendimiento, cultura, creatividad y nuevas formas de liderazgo.
Conocer posteriormente las noticias relacionadas con su transición profesional hizo que recordara aquel gesto con especial nostalgia. Quizá porque todos, en algún momento, atravesamos etapas que llegan a su fin.
Y aunque los cambios forman parte natural de cualquier trayectoria, eso no significa que dejen de tener un significado profundo. Hay proyectos que acompañan una parte importante de nuestra vida profesional. Espacios donde conocemos personas, descubrimos ideas y construimos una versión distinta de nosotros mismos.
Reconocer esos ciclos también es reconocer todo lo que aprendimos durante ellos. El liderazgo no solamente se expresa en la capacidad de comenzar algo. También se manifiesta en lo que construimos, en las conversaciones que impulsamos y en la huella que permanece cuando una etapa se transforma.
El verdadero lujo está en lo que permanece
Al salir del evento regresé a La Casona para desayunar con mi esposo. Recuerdo que conversamos sobre lo vivido, sobre las personas que había escuchado y sobre las distintas sensaciones que me acompañaban aquella mañana.
Y mientras disfrutaba nuevamente la tranquilidad del hotel, pensé en algo que terminó dando sentido a toda la experiencia. Había viajado a Ciudad de México para participar en un encuentro sobre liderazgo, pero regresaba con reflexiones que iban mucho más allá de las conferencias.
La invitación me había recordado el valor de la constancia. La hospitalidad de La Casona me había permitido descubrir otra expresión del lujo. Aislinn Derbez me había hecho reflexionar sobre la importancia de elegir con claridad.
Carla Fernández había reafirmado mi admiración por la identidad cultural mexicana y el conocimiento artesanal. Las activaciones de marca me habían recordado que la conexión emocional puede surgir de los gestos más sencillos. Y aquel saludo de Karla Martínez de Salas había terminado convirtiéndose en una reflexión sobre los ciclos profesionales y el significado de lo que construimos a lo largo de los años.
Quizá por eso sigo buscando este tipo de experiencias. No solamente para conocer tendencias, actualizar mi perspectiva o descubrir nuevas propuestas, sino para continuar haciendo preguntas.
¿Qué estamos entendiendo hoy por lujo? ¿Qué experiencias merecen permanecer en nuestra memoria? ¿Qué responsabilidad tenemos quienes trabajamos creando espacios de encuentro? ¿Y cómo podemos seguir evolucionando sin perder aquello que nos hace auténticos?
Después de tantos años dedicada al diseño de experiencias, cada vez tengo más claro que el lujo no depende exclusivamente de lo extraordinario que podamos mostrar. Depende también de lo que somos capaces de hacer sentir, de las historias que decidimos contar y de las conexiones que conseguimos construir.
Porque las experiencias verdaderamente valiosas no terminan cuando abandonamos un lugar. Continúan transformando nuestra manera de mirar el mundo.
Erika Ewald · Lujo que inspira, historias que conectan.