Hay experiencias que disfrutamos mientras suceden y comprendemos hasta después.
La celebración por los 40 años de “Las niñas bien”, de Guadalupe Loaeza, en la Biblioteca de la Fundación Miguel Alemán, reunió tres universos creativos que forman parte de la cultura mexicana contemporánea: la literatura de Guadalupe, el imaginario de Pedro Friedeberg y la interpretación de Daniel Espinosa a través del diseño.
Yo llegué pensando que iba a observar una experiencia; Terminé observando mi propia historia.
Conozco el universo de Guadalupe Loaeza desde muy joven. Crecí cerca de muchas de aquellas conversaciones, códigos, referencias y maneras de entender la feminidad, la familia, el éxito, la pertenencia y el reconocimiento que su literatura retrató con una ironía extraordinaria.
Me hicieron reír entonces.
Me siguen haciendo reír hoy.
Pero cuarenta años también cambian la mirada.
Y volver a ese universo siendo una mujer adulta, después de haber construido una familia, una trayectoria profesional y una manera propia de entender el lujo, produjo algo que no esperaba: reconocimiento, nostalgia, diversión y, sobre todo, preguntas.
Entrar a un libro
Desde el primer momento tuve la sensación de estar entrando físicamente en uno de aquellos libros, la biblioteca, los objetos, las conversaciones, los personajes, las joyas, los apellidos, el protocolo, la literatura, el humor, todo parecía formar parte de una escenografía que, de alguna manera, ya conocía.
Pero había una diferencia fundamental: yo ya no era la misma mujer que había aprendido aquellos códigos.
Antes de entrar a la biblioteca encontré un espejo rodeado por una exuberancia floral deliberadamente excesiva. Una pieza concebida como homenaje irónico al universo literario de Guadalupe.
Al final del texto aparecía una pregunta: “¿Cuánto hay de ti y cuánto hay de la pose?”
Seguí adelante.
Me probé unos pendientes de la colección de Daniel, elegí los que mejor dialogaban con lo que llevaba puesto y entré a escuchar la lectura de fragmentos de “Las niñas bien”.
Me reí muchísimo.
Y disfruté.
Creo que eso también merece decirse. Madurar no debería obligarnos a volver solemne todo aquello que alguna vez disfrutamos. Podemos cuestionar un código y seguir reconociendo el talento con el que fue retratado. Podemos cambiar sin necesidad de despreciar aquello que alguna vez nos acompañó.
El origen del criterio
Durante años he hablado del criterio como una de las herramientas fundamentales para comprender el lujo. Aquella mañana entendí con mayor claridad de dónde viene el mío.
No comenzó cuando decidí estudiar el universo del lujo, mucho antes de conocer su teoría, ya había aprendido a observar.
Observaba cómo se recibía en casa a los amigos, cómo se construía una mesa.
Cómo vestían las personas para determinados momentos, cómo un objeto podía hablar de procedencia, oficio o cultura.
Cómo una conversación podía revelar mucho más que una presentación, cómo ciertos espacios tenían la capacidad de modificar nuestro comportamiento apenas cruzábamos una puerta.
Después llegaron los viajes, el arte, la moda, el diseño, la formación profesional y otras culturas.
Pero la mirada había empezado a construirse mucho antes.
En casa, en los libros, en las conversaciones, en las experiencias.
En aquello que admiré y también en aquello que, con los años, aprendí a cuestionar.
Por eso hoy pienso que el criterio no consiste solamente en reconocer lo bello, consiste en entender de dónde proviene nuestra idea de belleza.
Y después tener suficiente libertad para decidir si todavía nos representa.
Hay cosas que ya no soy, esa quizá fue mi mayor revelación durante el encuentro.
Hay cosas de aquel universo que todavía me fascinan.
La belleza, la alta costura .
La conversación.
El cuidado en los detalles.
La literatura.
El arte.
La estética.
El arte de la hospitalidad
La construcción de una experiencia memorable.
Y hay otras que ya no me pertenecen, no necesito rechazarlas, simplemente ya no las elijo.
Con los años he entendido que evolucionar no necesariamente significa romper con nuestra historia, a veces significa algo bastante más difícil: regresar a ella sin idealizarla, reconocer cuánto nos construyó y decidir conscientemente qué queremos llevar con nosotros.
Para mí, ahí empieza el criterio.
Esto permanece.
Esto evoluciona.
Esto ya no me representa.
El lujo después del lujo
También por eso ha cambiado mi manera de entender el lujo.
Sigo profundamente atraída por la belleza.
Trabajo con ella.
Me interesa la moda, el diseño, los espacios extraordinarios, la hospitalidad, el arte, los objetos con historia y la capacidad de un detalle aparentemente mínimo para transformar una experiencia.
Pero cada vez me interesa menos el lujo utilizado exclusivamente como demostración de estatus. Porque el lujo sin cultura puede convertirse simplemente en precio.
El lujo sin intención, en decoración.
Y el lujo sin emoción, en escenografía.
El lujo que me interesa hoy necesita significado.
Necesita una historia.
Una razón.
Una mirada.
Necesita comprender a la persona que va a vivirlo.
Y, sobre todo, necesita dejar algo cuando todo lo material ha desaparecido de escena.
Eso es precisamente lo que busco cuando diseño una experiencia: no solamente que algo sea bello mientras sucede, sino que provoque una emoción capaz de permanecer.
Cuando el reconocimiento deja de ser destino
Al terminar el encuentro ocurrieron conversaciones profesionales.
Esta vez sentí algo diferente.
Agradecimiento, sí.
Emoción, también.
Durante muchos años trabajamos para que determinadas puertas se abran.
Después descubrimos que crecer también consiste en poder permanecer frente a una puerta abierta y decidir, con calma, si queremos atravesarla.
Volver al espejo
Cuando salí de la biblioteca estaba feliz.
Había disfrutado muchísimo.
Había reído, observado, conversado, descubierto una colección y vuelto a encontrarme con personas y referencias que han acompañado distintas etapas de mi vida.
Pero la imagen que continuó conmigo fue aquel espejo.
Entonces comprendí por qué.
Había llegado al evento con mi mirada profesional puesta en todos los elementos que construyen una experiencia: espacio, narrativa, producto, hospitalidad, estética, cultura, servicio y emoción.
Y terminé encontrando algo mucho más íntimo.
El origen de esa mirada.
La niña que escuchó aquellas conversaciones.
La joven que leyó aquellos libros.
La mujer que aprendió determinados códigos y durante años intentó interpretarlos correctamente.
Y la mujer que hoy puede regresar a ellos y elegir.
Sin resentimiento.
Sin necesidad de pertenecer.
Sin necesidad de negar.
Simplemente con criterio.
Quizá por eso, si hoy volviera a colocarme frente a aquel espejo y me preguntara:
¿Cuánto hay de ti y cuánto hay de la pose?
mi respuesta sería distinta.
Seguramente hay de las dos.
La diferencia aparece cuando adquirimos suficiente conciencia para reconocerlo.
Y suficiente libertad para elegir.
Porque tal vez el verdadero lujo no consista en demostrar quiénes somos.
Tal vez comience exactamente cuando ya no necesitamos hacerlo.
Erika Ewald
Lujo que inspira; historias que emocionan.